Por ROSARIO BETTI - ESPECIAL PARA ARQ (Diario Clarín)

La sala principal de la emblemática obra del danés Jørn Utzon fue inaugurada en 1973, dando inicio a un camino que convertiría a la ópera en uno de los hitos de la arquitectura mundial.

 

ÓPERA DE SIDNEY. La imagen del edificio es reconocible en todo el mundo (AFP).

Ícono indiscutido de la ciudad de Sidney y emblema de Australia toda, el ya mítico edificio de la Ópera es, con su perfil singular que evoca desde grandes conchas marinas superpuestas hasta velas de barcos o gajos de naranja, uno de los edificios más destacados del siglo XX y aun, de la Historia de la Arquitectura al punto que, en el año 2007, fue declarado “Patrimonio de la Humanidad”. Hace 40 años, en 1973, se inauguraba la sala principal de la ópera, comenzando así su camino al estatus icónico del que actualmente goza.

Emplazado en la península de Bennelong Point sobre la magnífica Bahía de Sídney, fue diseñado por el danés Jorn Utzon en 1957 y su construcción estuvo salpicada de distintos inconvenientes constructivo-estructurales, técnicos y hasta políticos que obligaron a su autor a modificar algunos aspectos del diseño original.

Las anécdotas sobre las desavenencias entre Utzon y la firma inglesa de ingeniería civil Ove Arup, y sobre todo, entre Utzon y los políticos australianos son múltiples y variadas. Así, mientras en el primer caso todavía se discute a quién atribuir el éxito de la solución geométrica –que devino en solución constructiva- de las bóvedas, el segundo implicaría su desvinculación de la obra en términos poco amigables en el año 1965, cuando se encaraba la definición del interior. El australiano Peter Hall sería el encargado de reemplazarlo, reordenar algunos espacios y solucionar cuestiones acústicas de la sala principal.

Pero la historia empieza antes. La idea de construir un teatro de ópera en esta ciudad surge en la década de 1940, y se efectiviza con el llamado a concurso internacional en los años ’50. La elección de la propuesta de Utzon entre más de 230 proyectos provenientes de distintas partes del mundo tuvo que ver, seguramente, con la presencia en el Jurado del finlandés-americano Eero Saarinen, autor de la Terminal de la TWA del aeropuerto Idlewild de Nueva York (hoy, John F. Kennedy), proyectada en 1956. Ambos diseños, el de Utzon y el de Saarinen, compartían una vocación arquitectónica en el que la sofisticación del planteo tecnológico –tan valorado en la posguerra- se imbricaba con planteos formales para ese entonces inéditos, vinculados a una suerte de organicismo expresionista.

En cuanto a la Opera, el rasgo sobresaliente es, sin lugar a dudas, su compleja cubierta. Concebida como una superposición de bóvedas que crean un efecto dramático, su realización implicó más de un desafío. La necesidad de precisar su geometría representó el primer paso; durante más de seis años el equipo de diseño investigó diferentes posibilidades (parábolas, costillas circulares y elipsoides) y finalmente, en 1961, encontró una solución: todas las cáscaras serían secciones de una misma esfera, esto es, de la forma geométrica más simple y fácil de controlar. Esto facilitó el cálculo y permitió el uso de unidades prefabricadas de hormigón que se apoyaban en costillas, también prefabricadas y del mismo material.

Ahora bien, la expresión plástica de estas cubiertas responde a criterios opuestos a los de la parte inferior: definidas como superficies curvas, blancas, brillantes (aun cuando están recubiertas con azulejos blancos brillantes y cremas en acabado mate, a la distancia se perciben “blancas”), representan una idea de fragmentación contraria a la idea unitaria del basamento, de fuerte carácter tectónico.

Lo cierto es que con sus 183 metros de largo y sus cerca de 120 metros de ancho en su punto máximo, sus 580 pilares que se hunden hasta 25 metros bajo el nivel del mar, su basamento que funciona casi a la manera de una isla o aun, una península artificial y que alberga en su interior espacios de apoyo, la Opera se destaca y es, por sus valores arquitectónicos, un espectáculo en sí mismo y punto de referencia de la ciudad.

Fue inaugurada el 20 de octubre de 1973, esto es, 16 años más tarde de iniciada su construcción, y su costo superó considerablemente todas las previsiones. Tres años más tarde se completaron los circuitos peatonales y parques que la enmarcan.

A fines de la década de 1990, cuando el edificio era ya mundialmente reconocido como “obra cumbre” del siglo XX, el Patronato de la Casa de Opera de Sídney impulsó la reconciliación con Jorn Utzon. Poco después, en el año 1999, lo designaba consultor para futuros trabajos.

En marzo de 2003 Utzon fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Sydney en reconocimiento por este edificio. Ese mismo año fue distinguido con el premio Pritzker de arquitectura. Un año más tarde, en 2004, se abrió la llamada “sala Utzon”, el primer espacio interior que restablecía el diseño original. El arquitecto recibía finalmente el reconocimiento merecido a su obra cumbre.

 

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